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En el número de hoy...

Por qué Yolanda Díaz se equivoca al decir que no al ludismo

El líder de los luditas © The Trustees of the British Museum. (CC BY-NC-SA 4.0)

A mí me causaba tanta fascinación como rechazo el término ludita. Por un lado, me seducía la idea de trabajadores organizándose frente al capital en plena revolución industrial. Por el otro, me parecía un error de bulto entender que la culpa la tenían las máquinas… y no sus propietarios.

Eso era porque en realidad no tenía ni puñetera idea de quiénes fueron los luditas y qué defendían. Por eso la lectura de Sangre en las máquinas, de Brian Merchant, me ha resultado tan refrescante. En el libro, publicado en español el año pasado por Capitán Swing, Merchant, autor también de una newsletter homónima, hace un ligero repaso por la historia del movimiento ludita a principios del siglo XIX. Hilvana historias de figuras clave como George Moller o el legendario (e inexistente) Ned Ludd y las ata al presente.

En sus páginas aparecen nombres como el de Douglas Schifter, un conductor que se suicidó en 2018 denunciando que Uber ya estaba mierdificando sus tarifas. “No trabajaré como un esclavo por unas monedas. Prefiero estar muerto”. O el de Chris Smalls, uno de los fundadores del Amazon Labor Union y viral hace pocos días por proyectar una grabación cerca de la Met Gala a la que acudía Jeff Bezos. “Qué pasa Jeff, ¿te acuerdas de mí? El trabajador despedido de Amazon para el que aprobaste aquella campaña de difamación llamándome poco inteligente y poco elocuente”.

Como yo, mucha gente entierra la experiencia ludita del siglo XIX por pensar que fracasaron estrepitosamente y que erraron en sus métodos y en sus fines. Le pasó hace pocos días a la vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, que intervino en una jornada parlamentaria organizada por IU sobre IA y el futuro del trabajo. En su intervención acertó en muchas cosas: la inteligencia artificial no es neutra, es un lugar de poder, y hay que gobernarla. Pidió a los sindicatos que empujen este tema y advirtió que si las instituciones no actúan “nos va a salir caro”.

“Tenemos la obligación de regular adecuadamente la IA, este es el debate de época. Si no lo trabajamos y no hacemos propuestas perderemos el tren de la historia”, incidió Díaz, en una intervención que puedes ver aquí y en la que sembró la idea de desarrollar una IA pública con infraestructuras públicas. El problema es el breve preámbulo que hizo de su disertación: “No cabe sobre esta materia ningún tipo de ludismo tecnológico. (…) Esto ya forma parte de nuestras vidas: ludismo en el trabajo, ninguno”.

Un mito obrero

El movimiento ludita eclosionó en las dos primeras décadas del siglo XIX en Reino Unido, fundamentalmente compuesto por trabajadores textiles (calceteros y pañeros) que empezaron a ver cómo los patronos sustituían su mano de obra por nueva maquinaria. Díaz se equivocó diciendo que ante la IA “no cabe ningún tipo de ludismo”, porque lo que hicieron los luditas fue organizarse. Lo intentaron todo antes: enviaron escritos al Parlamento, al entonces príncipe regente Jorge IV e incluso a los emprendedores. Las réplicas fueron todas infructuosas. Que no se atrevieran a detener el progreso.

Uno de los estallidos luditas tuvo lugar en Yorkshire, al norte de Inglaterra. Allí, los herreros James y Enoch Taylor habían fabricado bastidores de tundido, lo que hacía que el proceso por el que se alisaban los paños de lana se mecanizara. Los luditas empezaron a destrozar la maquinaria con los mismos martillos que también fabricaban. “Enoch las ha fabricado y Enoch las destruirá”, solían clamar. Experiencias similares se empezaron a ver por todo el país y las leyendas engrandecieron sus avances. Pronto se empezaron a ver pasquines firmados por un Robin Hood de clase obrera: el capitán Ludd.

Tanto mito generó el movimiento ludita como leyenda negra quiso atribuirle el capital. El historiador Theodore Roszak publicó en el 86 y revisó en el 94 El culto a la información: un tratado neoludita sobre alta tecnología, IA y el verdadero arte de pensar. Mucho de ese ensayo sigue siendo vigente hoy día. Roszak criticaba, hace 40 años, la fe casi religiosa que el capital estaba depositando en la tecnología, y abría melones que hoy siguen sin debatirse, como la sustitución de la memoria por bases de datos. A Roszak también se le atribuye una frase que rescata Merchant en su libro: si los luditas no hubieran existido sus detractores los habrían inventado.

Gif by spongebob on Giphy

El movimiento ludita nacía en un contexto muy complicado: Reino Unido había ilegalizado los sindicatos, y las autoridades hacían lo imposible por tratar de contener a los mecanoclastas que seguían a Ned Ludd. En aquel contexto nacieron “asociaciones” pantalla con la que siguieron intentando trasladar sus demandas por los cauces administrativos, como la Sociedad para la Obtención de Asistencia Parlamentaria y para el Fomento de la Mecánica en aras de la Mejora del Mecanismo (me flipa). Así, es de justicia reconocer lo que sí lograron los luditas.

Qué aprender de los luditas

Los luditas agotaron todas las vías posibles por alinearse con el sistema, pero el sistema no les quiso escuchar. No aceptaron ser mártires del progreso y se revolvieron contra sus patronos. Dos siglos después el imaginario colectivo sigue teniendo una imagen muy distorsionada de qué hicieron los luditas y sobre todo qué lograron. Porque, indistintamente de que las autoridades castigaran con excepcional severidad a muchos de estos mecanoclastas, muchas de sus demandas serían finalmente atendidas. Se regularían las relaciones laborales, los sindicatos volverían a ser legalizados.

Y, con ellos en activo, lograron también un objetivo esencial: sembraron el terror entre sus verdugos.

En realidad, los luditas tuvieron una visión bastante lúcida y realista de la tecnología. No creían que las nuevas máquinas fueran demoníacas, pero tampoco estaban dispuestos a inmolarse en el altar de la innovación tecnológica. Pensaban, con razón, que para evaluar la eficacia de una tecnología es necesario tener en cuenta el contexto social en el que se implementa. La cuestión no es sólo si una máquina es más productiva, sino también para quién es más productiva.

César Rendueles, filósofo, en 2014

No merece la pena rasgarse las vestiduras por un debate terminológico o historiográfico, pero las palabras encierran significados. Escuchar a una ministra decir que no cabe ningún tipo de ludismo y que hay que gobernar la IA y crear una IA pública es problemático. Hay muchos debates subyacentes al respecto. El de género, el medioambiental, el colonial, el laboral, el fiscal. Díaz tocó algunos de ellos tangencialmente, pero se dejó quizá el más importante: el de la propiedad. Los mecanoclastas no creyeron que las máquinas eran demoníacas: creyeron que sus propietarios sí lo eran.

El ludismo es un término distorsionado. Al fin y al cabo, ¿qué puede ser más ludita que regular el acceso de los menores a las redes sociales? Los luditas no cuestionaban el progreso, cuestionaban su propiedad. Hoy el neoludismo se abre paso. En España el movimiento ecologista ya está poniendo pie en pared ante la voracidad de las tecnológicas que quieren minar la península de centros de datos. Los artistas también están en pie por el papel que la IA desempeña en su sector. Con la técnica actual estamos más cerca de abolir el trabajo que de perpetuarlo. Pero pensar que algo así puede llegar de la mano de los magnates que ahora llamamos tecnoligarcas es una quimera.

Hay que reconquistar el término ludita en el imaginario. Hay que despojarlo de cualquier connotación moral. Y debemos dejar de pensar que OpenAI, Anthropic, Google o cualquier megacorporación tecnológica son algo inevitable. También debemos entender que delegar no va a ser suficiente: tenemos que llenar los sindicatos de martillos de Enoch. Lo que dice esta tira en The Nib: bienvenidos al futuro. Saboteémoslo.

En breve…

Esta semana los medios han dicho que el Congreso ha dado un “golpe” y “frena a Tebas”, “se acabó” lo de los bloqueos de IP cuando hay fútbol. Nada más lejos de la realidad: se ha aprobado una PNL que el Gobierno tendrá que convertir en ley. ¿Lo hará?

Cloudflare, por cierto, que se había erigido como salvaguarda de un internet libre precisamente por flipar con la locura de que Tebas y las operadoras bloqueen dominios cada fin de semana, acaba de anunciar que despide al 20% de su plantilla “por la IA”.

La maquinaria europea de agitación y la escasa sagacidad de los medios de comunicación han logrado que se venda como éxito el acuerdo en trílogo para reformar (y vaciar) el reglamento de la IA, que empezará a aplicarse formalmente en agosto.

Rumore... Dicen por ahí que Von der Leyen ha intervenido personalmente para frenar una multa a Google por vulnerar el Reglamento de Mercados Digitales. El miedo a enfadar a Trump sigue pesando en Bruselas y la paciencia de muchos se está agotando.

No se me ocurre una fantasía más disparatada que la idea de que en el capitalismo las marcas aspiran a resolver problemas. Uber quiere ser una app para todo y además de taxis o comida va a ofrecer reservas de hotel. ¿El problema? Que Uber no es WeChat.

Prepárate: te van a estafar por videollamada. 404Media ha probado una herramienta china llamada Haotian AI cuya capacidad de generar un deepfake en tiempo real ya está atrayendo a muchos estafadores que querrán hacerse pasar por tu jefe.

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