#6 Cómo arreglamos esto

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En el número de hoy...

Hay que salvar internet, pero ¿de qué?

Internet está jodido, pero puede estarlo aun más.

La concepción de internet como una vía para comunicarnos de una forma federada, libre, neutra y accesible lleva lustros en peligro. David Casacuberta, filósofo y uno de los primeros activistas digitales de España, me contó hace tiempo que antes era fácil y habitual encontrar webs sobre bandas o pelis más curradas que las páginas oficiales de la época. Me refiero a antes de que las tecnológicas empezaran a mediarlo todo. Antes de los oligarcas y antes de la fiebre de las puntocom.

Esa anécdota, para Casacuberta, es muestra de que hace ya bastante que internet perdió su potencial utópico.

Desde entonces hemos transitado diversos estadios. Ahora estamos entrando de lleno en el mierdificosceno. Cory Doctorow, crítico tecnológico y ensayista, acuñó el término enshittification (mierdificación) para explicar el proceso con el que las plataformas digitales (los Instagram, TikTok y Twitter de turno) nos arrastran en su decadencia. Propone dos principios para escapar de ese mierdificosceno: superar intermediarios y dotarnos del derecho a salir de aquí, de las plataformas (frente al FOMO que incentivan estas y los oligarcas tecnológicos).

No es fácil. Janus Rose publicó a principios de mes un artículo muy celebrado en 404 Media que se titulaba No se puede salir del fascismo posteando (You Can’t Post Your Way Out of Fascism) con un subtítulo que es un magnífico y gráfico resumen de su tesis: los autoritarios y CEO de las tecnológicas comparten objetivo. ¿Cuál? Tenernos atrapados en un doomscroll eterno para que no podamos organizarnos contra ellos.

Aun así, en su último tema, Macklemore tira eso de que no vamos a retroceder, finally see the oligarchy and men that control us all (al fin vemos a los oligarcas y a los hombres que nos controlan). La urgencia de estos tiempos requieren que ocupemos espacios que van más allá de lo digital. Eso, por descontado. Pero internet sigue siendo una herramienta muy poderosa y tenemos el derecho y la obligación de recuperar su potencial utópico.

A estas alturas no deberíamos enredarnos en diagnósticos o en reparto de responsabilidades. El tiempo apremia y el desafío es mayúsculo. Pero incurriríamos en un grave error si asumimos que el único peligro al que se enfrenta internet es la amenaza de las grandes tecnológicas. Sí, sus jardines amurallados nos han llenado los pies de barro, sus algoritmos nos han distraído e incluso sus políticas nos están enmudeciendo.

Otras formas de romper internet

Sin embargo, solo en los últimos días hemos visto cómo LaLiga ha echado mano de una autorización judicial que consiguió en 2022 para ordenar a las proveedoras (Movistar, Digi, etc) bloquear discrecionalmente dominios alegando que en ellos hay contenidos ilícitos (pirateados). La competición de fútbol ha provocado así que internautas no pudieran acceder correctamente a dominios o servicios legítimos estos días.

Lejos de concitar un sesudo debate sobre cómo esta medida judicial y esta política comercial afectan a la misma libertad de expresión, la noticia ha pasado desapercibida. Y solo he leído el titular más exacto en BandaAncha.eu, por Joshua Llorach.

Podrían escribirse libros sobre cómo el abuso del copyright ha minado el ágora digital en los últimos años. Sería una historia apasionante sobre acción política colectiva y en red, sobre la polémica que suscitó la ley Sinde y sobre cómo la ministra de Cultura del último Gobierno de Zapatero consiguió que lo que más se oyera en la alfombra roja de los Goya de 2011 fuesen abucheos de manifestantes usando máscaras de V de Vendetta. Una epopeya, en fin, que desembocaría en el 15-M.

Pero desde entonces las hostias siguen cayendo. El Ministerio de Cultura presume anualmente de en cuántos bloqueos de dominios ha colaborado o de haber conseguido emprender una iniciativa para bloquear mirrors de presuntas páginas piratas en 24 horas sin intermediación judicial. Mientras, LaLiga sigue envalentonándose y acusando a redes de entrega de contenido (CDN) y multinacionales como Google de connivencia con la piratería, llegando a amenazar con denunciar (y denunciando) a usuarios finales.

La otra amenaza está en casa

Ya habrá tiempo y entregas para hablar de ese viaje. Los peligros de internet no son solo los oligarcas o los lobbistas de la propiedad intelectual: también la ineptitud con la que nos acercamos a estos debates.

A principios de febrero el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, presentó el nuevo Observatorio de Derechos Digitales. “No podemos permitir que el espacio digital se convierta en el salvaje Oeste. ¿Por qué aceptamos en el mundo digital lo que jamás aceptaríamos en el mundo físico?”. La ocurrencia ni siquiera es nueva: se viene repitiendo desde hace décadas y una de las personas que más ha verbalizado esta idea en los últimos años ha sido Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea.

Este Observatorio nace para velar el cumplimiento de la Carta de Derechos Digitales, lo cual es ya algo divertido en sí mismo: esta Carta no es ni una ley ni un decreto ni un reglamento ni nada que se le parezca. Es una declaración de intenciones que el propio Gobierno sigue eludiendo desde que se presentó.

Durante la presentación de este Observatorio, Sánchez reivindicó algunas de las medidas que ya anunció en enero en Davos: acabar con el anonimato en internet, exigir transparencia en los algoritmos y que los magnates directivos o propietarios de grandes plataformas sean responsables penales de los contenidos que alojan.

La ocurrencia del anonimato

Lo primero es de perogrullo. Nadie es anónimo en internet. Sí, como en el meme, puedes decir eso de “suerte, estoy detrás de siete proxys”. Pero vayámonos cayendo del guindo.

No tendrás cuenta en Facebook y sin embargo habrá plataformas de publicidad digital que te ubiquen perfectamente como (por ejemplo) una chica de Lugo apasionada del pádel, el anime y la fotografía. Seguramente el correo que usaste para registrarte en aquel foro de videojuegos esté a la venta en docenas de bases de datos subastadas al mejor postor. Y tú, máquina, el chavalete que se hace el gallito en Twitter Fútbol acosando “a los rojos JAJA”: es extraordinariamente fácil cerrarte el cerco. Para exposearte solo hace falta que alguien se aburra en un tren de Extremadura a Madrid.

Insistir en la idea del anonimato en internet en pleno de 2025 no es solo cándido, es obsceno. Aquí ideas de bombero salen a patadas: el PP propuso en 2021 en el Congreso que las plataformas como Instagram te exigiesen el DNI a la hora de registrarte.

Por no hablar de la miopía argumental. No solo se pretende matar moscas a cañonazos, es que se erra el tiro y el obús le puede caer a quien menos te lo esperas. Detrás de pseudónimos también hay oprimidas denunciando injusticias, no solo cafres a sueldo de Moscú.

Venga, haz algo

Hacer que los algoritmos sean más transparentes tampoco es una ocurrencia del presidente del Gobierno: es una directriz muy clara que desde hace años empujan diversas organizaciones por los derechos digitales.

De hecho, Eticas, la consultora y auditora de algoritmos fundada por Gemma Galdon, ha publicado recientemente un artículo en el que se propone una forma de medir cómo modelos IA afectan a diferentes grupos demográficos (por ejemplo, con algoritmos de selección de personal) y pauta una serie de herramientas para corregir los sesgos presentes en estas herramientas.

La propia Eticas ha hecho en el pasado ejercicios de ingeniería inversa y auditoría algorítmica para detectar sesgos en modelos tan rutinarios como los que determinan los precios de un viaje en Uber: ¿varían en función del código postal de destino?

Pero con esta propuesta sucede lo mismo que con la de hacer a las empresas dueñas de las plataformas digitales penalmente responsables de los contenidos que alojan (que también puede tener contraindicaciones, por otro lado).

Simplemente, hágase.

It’s time to ride

Xnet publicó el año pasado Digitalización democrática, un libro esencial para entender el papel que han jugado las instituciones públicas en la configuración de este mierdificosceno en el que nos estamos zambullendo. De hecho, es interesante ver cómo Simona Levi, uno de los rostros más visibles del colectivo, ya enfatizó entonces en varias entrevistas que la gente y las empresas no tienen responsabilidad de la situación de internet.

“La responsabilidad no es de la gente ni tampoco de los negocios. Si tú les dejas, los negocios se lo comen todo. Quienes aquí tienen responsabilidad para que eso no suceda son las instituciones”, me dijo entonces. Regular las empresas, no internet.

Estamos en 2025, Trump lleva apenas tres semanas en el Despacho Oval, todo Silicon Valley le rinde pleitesía y de momento en el Viejo Continente no hemos pasado del deeply concerned. Otro tema que pasó desapercibido en medios de comunicación (ninguno lo publicó en España) fue, por ejemplo, que Bruselas ha desistido de sacar adelante el nuevo reglamento ePrivacy.

Este reglamento ePrivacy venía a sustituir la directiva europea del mismo nombre. Si el Reglamento General de Protección de Datos se centra en la (ojo) protección de tus datos personales (indistintamente de la herramienta tecnológica que se emplee para tratarlos), el reglamento ePrivacy venía a tapar algunos huecos centrándose en toda la información que los ciudadanos generamos mediante nuestras comunicaciones electrónicas.

No hace falta que diga el por saco que le habría dado esta regulación a más de una red social.

Bruselas desiste de sacar adelante ese reglamento porque, aparentemente, no suscita consenso entre los Veintisiete. Mientras, en Madrid, Sánchez presenta un Observatorio para vigilar una Carta que no tiene incidencia jurídica reseñable. Y aliña su discurso con propuestas vacías y peligrosas (al fin y al cabo, también las podría aplicar el día de mañana algún Trumpito europeo).

Internet se enfrenta a muchos peligros. No son solo Trump, Musk, Tebas o la tibieza y desatino de los líderes europeos, no. Pero empezar a señalarlos es un punto de partida necesario. En lo de Macklemore también se dice lo de

the next 4 years it’s time to ride (they got us fucked up)

En breve…

“Necesitamos una alianza internacional que haga frente a Trump y a la industria tecnológica estadounidense”. Un artículo del crítico de tecnología Paris Marx en su Disconnect.

El videojuego francés se fue este jueves a la huelga y también lo hicieron sus compañeros en Barcelona: la Coordinadora Sindical del Videojuego de CGT convocó huelga ayer en Ubisoft.

Un directivo de Meta insta a los trabajadores descontentos con las nuevas ‘políticas’ a que dimitan… y activistas animan a que también lo haga la junta que supervisa a la compañía.

Apple pierde en los tribunales y tendrá que abrir sus puertas a la CNMC española para que se investigue si abusa de su posición de dominio en el mercado con su AppStore.

Fui moderadora en Facebook y conozco el coste real de subcontratar este trabajo. Opinión de una portavoz de African Tech Worker. De paso, esto de Maldita, de propina.

La bronca entre Elon Musk y Sam Altman continúa como empezó (como una telenovela) con la reciente oferta que el primero ha hecho para comprar OpenAI por casi 98.000 millones.

La extra: Una preguntita

Que X es una aspersor de propaganda trumpista es un debate por suerte superado. Que en Instagram o en TikTok también cuecen habas, también.

Pero en las últimas semanas me estoy dando cuenta de que los algoritmos de recomendación de estas dos últimas plataformas ya no me conocen tan bien

Una de las premisas básicas de las redes sociales es segmentar y compartimentar a sus audiencias en camaritas de eco en las que estemos todo el mundo a gustito sin conflicto, predispuestos a ver anuncios.

Entonces no sé muy bien por qué me han salido tiktoks y reels con que si Pedro Sánchez es el culpable de la crisis de la vivienda (en todo caso, lo será de no atajarla) o con que si con Franco se vivía mejor. Todo aplaudido por chavalitos cuya madurez pues no parece levantar un palmo del suelo.

Quería preguntaros, ¿os está pasando algo similar? Si es así, cuéntamelo. Responde a este mismo correo. Qué se yo, no creo, pero a lo mejor toca investigar si la pleitesía a Trump que ya rinden los CEO de las tecnológicas ya tiene su traslado a lo que nos traguemos en el resto del mundo.